Las semillas del retorno a lo propio

Cuenta el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal que cuando inició la fundación de una comunidad de vida cristiana en la isla de Solentiname, en el gran lago de Nicaragua, vio que los campesinos sembraban terrenos con área de una manzana o dos de maíz y obtenían alguna ganancia. Pensó que podía darle sostenimiento a su fundación sembrando mucho más, pues si una manzana daba un poco de ganancia, 20 manzanas de siembra darían 20 veces más. Con los dos compañeros colombianos que lo habían seguido desde el seminario de La Ceja en Antioquia, se pusieron a la obra. Cuando salió la cosecha, el choque con la realidad del sistema fue comprobar que si sembrar poco da pérdida, sembrar 20 veces da 20 veces más de pérdida. Y el campesino perdería también si no fuera porque se da el trabajo a sí mismo.

Estas son las dificultades del mercado por las que atraviesa el campo, y determinan una vida apenas de subsistencia para quienes lo trabajan. En nuestro caso, la dependencia en los agroquímicos y el constante aumento en su aplicación y gasto para obtener los mismos resultados del ciclo de cultivo anterior en el control de plagas, hacen creer que el pesticida trajera la plaga, pero no hace falta una maldad así de calculada: lo que pasa es que entre más agroquímicos se utilicen, se debilitan los medios propios de defensa de las plantas y de su ambiente para rechazar y controlar las plagas y enfermedades, dejando cultivos expuestos e inviables si no fuera por su aplicación intensiva. Y las pérdidas al salir al mercado igual son un riesgo latente.

Los participantes y promotores de La Tulpa – Familias Nariñenses en la Agricultura Orgánica – sostienen que para lograr un cambio en estas prácticas enseñar nunca es suficiente, hay que acompañar, formar en el marco de la práctica, día a día al enfrentar problemas reales. De ahí el intercambio de saberes que se da en el laboratorio de Matituy y otros espacios. Iniciaron con las enseñanzas del agroecólogo Jairo Ayala, y el resto lo aprendieron en libros y con la experimentación propia. Mientras que este fue el aporte de los gestores, los mismos campesinos compartieron su conocimiento empírico sobre los procedimientos de cultivo y manejo, de cada planta en la que son expertos, por ejemplo siendo Matituy una tradicional zona de crianza del tomate, y así en cada zona donde se va conformando una red de prácticas y aprendizajes en la agricultura orgánica, basada en los productos tradicionales de cada zona y sus comunidades interesadas, desde los fríos de El Encano hasta las vegas de La Unión, pasando por Consacá, Gualmatán, San Lorenzo, Cartago o Arboleda.

Así conjugaron los saberes para no seguir usando agroquímicos, trabajar de la mano con la naturaleza, y biodiversificar con distintas plantas cada surco y siembra, evitando los riesgos del monocultivo. Mientras que el método tradicional indica la limpieza, desinfección y neutralización de los suelos, ellos se esfuerzan en alimentarlos, llenarlos de microorganismos eficientes y remineralizarlos con polvo de rocas y otros sustratos. Luego viene la planificación de la siembra, decisiones importantes que las toman en asambleas, con la orientación de un grupo coordinador.

El primer campesino que se animó al cambio contaba con 15 años de experiencia con el tomate, y tenía claro lo dañino que resultaban para su familia y trabajadores los agroquímicos en el medio cerrado de un invernadero. Sin transición, lanzándose directo a la práctica orgánica total su resultado fue excelente en la calidad de la producción, pero malo al momento de salir al mercado. Aún así su ejemplo sirvió para que otros lo siguieran, al ver que sí era posible, los costos bajan, es cierto que es más esfuerzo, pero si con el modelo tradicional deben iniciar por comprar hasta las semillas, en el orgánico éstas son propias, de modo que la inversión necesaria entre insumos y semilla se reduce sustancialmente. Así la cosecha realmente les pertenece, y no a los bancos o prestamistas con los que se endeudan. De ese invernadero inicial, ahora ya van 5 o 6 y empiezan a crecer. El sabor del tomate también cambia y mejora en un cultivo sano.

La idea es que la comercialización en un esquema de reconocimiento justo del trabajo sea capaz de sostener el acompañamiento y el intercambio de aprendizajes que conforma esta red, que se extiende difusa en diferentes cultivos y zonas de altitud, por ejemplo en la vereda Los Olivos de la zona caliente de La Unión, en pleno ambiente patiano. Y que el resultado sea entonces de beneficio común, que el crecimiento no signifique multiplicar la pérdida, sino una clara ganancia.

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